Un Largo pero muy gratificante camino a la maternidad

A continuación se presenta el texto original de un testimonio

Después de haber vivido muchos años en el exterior, volví a Buenos Aires con el ferviente deseo de adoptar una hija o hijo, pero las puertas se cerraban. No tenía los cinco años de residencia que se requieren para el trámite, y en el RUAGA no me ofrecían siquiera la posibilidad de recibir alguna niña o niño en calidad de hogar acogedor. “No vale la pena de que inicie el trámite” me dijeron, pero volví a casa con el convencimiento de que debía pelearla. Llamé y escribí a una decena de países latinoamericanos, y en cada uno de ellos me respondían lo mismo: “Argentina no firmó el Convenio de La Haya* y no recibimos solicitudes de adopción de su país.”

Cuando todo parecía fracasar, me enteré del caso de Karina Klink y su familia, que había adoptado un niño de Haití porque, al igual que yo, no cumplían con el requisito de los años de residencia. Haití era uno de los pocos países que aceptaban postulaciones de familias argentinas aunque el gobierno no hubiera suscrito el convenio de La Haya. Después de vencer muchos miedos y de verme enfrentada con los prejuicios raciales que permean nuestra sociedad, y de los que no estoy exenta, comencé a atar muchas pequeñas puntas. El mundo se achicó como un pañuelo, y di con la mismísima Karina, que me llenó de entusiasmo y me ofreció toda su ayuda para compilar el dossier. Sus palabras mágicas, refiriéndose a los niños de Haití, fueron “Son perlas negras…” Y allí todo cambió…

Me contacté con un orfanato que sostiene una ONG de Estados Unidos y cuyas autoridades estaban dispuestas a aceptar mi postulación. Nuestra familia es uniparental y yo tenía más de 50 al iniciar el trámite. Preparar el dossier fue un trámite sencillo, ya que los requisitos son coherentes y fácilmente cumplibles y, en septiembre de 2008, envié la documentación exigida a Haití. A los tres meses, recibí la asignación de mi hijo, Mathurin, que por entonces tenía 11 meses. A partir de ese momento, cada mes recibía información actualizada del avance del trámite. Asimismo, adjuntaban al informe una foto del pequeño. Yo esperaba pacientemente, hasta que a fines del año 2009 viajé a Puerto Príncipe para comparecer ante el juez y conocer a mi hijo.

Mathurin estaba en una institución donde convivían cerca de ciento treinta niños, desde recién nacidos a adolescentes. Los niños recibían tres comidas diarias, atención médica y, los más grandes, eran escolarizados. Al conocer a Mathurin y recibirlo en mis brazos, mi paciencia súbitamente se transformó en un enorme deseo y gran ansiedad porque se completara el proceso de adopción lo antes posible para poder tener a mi niño definitivamente conmigo. A menos de dos meses de haber estado con mi hijo, el 12 de enero de 2010 se produce el fatídico terremoto que asoló a parte importante del país. A partir de entonces, nada iba a ser como antes….

Las autoridades de Cancillería gestionaron y facilitaron a catorce familias la evacuación por razones humanitarias de dieciséis niños. El panorama en Haití a un mes del terremoto era desolador, y no hay crónica que pueda hacer justicia con la devastadora realidad que vieron los ojos. Pero en medio de una ciudad casi completamente en ruinas, se observaba el dignísimo estoicismo con que el pueblo haitiano acepta y convive con su desgracia. La fe los mantiene vivos (son en su mayoría cristianos) y se sienten seres dignos de ser.

Las autoridades de Cancillería nuevamente brindaron su colaboración y pudimos esperar la autorización del Primer Ministro haitiano para salir del país en la residencia del Embajador argentino. Ese edificio también había sufrido una destrucción parcial y nos ofrecieron instalarnos en carpas. Había siete carpas en el jardín. Allí vivíamos dos familias adoptantes, personal argentino de la embajada y personal haitiano que había perdido sus viviendas en el terremoto. Así pasaron veinte días, durante los cuales Mathurin hacía la transición oyendo palabras en castellano y también en creole, conociendo a su mamá y a otras personas de piel blanca, y haciéndose conocer y amar con su mundo interno en torbellino.

Una vez en Buenos Aires, Mathurin comenzó a asistir a un jardín maternal por un número acotado de horas. Dicha experiencia le permitió realizar una socialización secundaria más pautada y avanzó grandemente en la adquisición del lenguaje, en el aprendizaje de conductas solidarias, aprendió a compartir la mesa y otros lugares comunes y a incorporar nuevas destrezas.

Hoy Mathurin concurre a la salita de 4 y disfruta de su rica vida social, perfecciona cada vez más sus conductas y destrezas a medida que va desentrañando y resignificando partes de su historia.

*El Convenio de La Haya del 29 de mayo de 1993 relativo a la Protección del Niño y a la Cooperación en Materia de Adopción Internacional (Convenio de La Haya sobre Adopción) protege a los niños y a sus familias contra los riesgos de adopciones internacionales ilegales, irregulares, prematuras o mal gestionadas. Este Convenio, que también opera a través de un sistema de Autoridades Centrales, refuerza la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño (art. 21) y pretende garantizar que las adopciones internacionales se realicen en el interés superior del niño y con respeto a sus derechos fundamentales, así como prevenir la sustracción, la venta o el tráfico de niños.

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